lunes, 15 de enero de 2018

De la ausencia





Y bien, estoy aquí tratando de explicar una vez más tu ausencia,
El corazón me pregunta cada vez que me hago rollito en la cama el porqué de mi silencio,
Mi memoria no me deja mentir al traerme el recuerdo de cuando te quitaba la sabana para empezar una pelea que terminaba en blanca paz haciendo el amor.

Suelo levantarme por la madrugada, me siento en el borde de la cama, junto mis manos y las pongo a la altura de mis rodillas. A veces giro mi cabeza hacia donde está la ventana para adivinar si la luna posa por el pedazo de cielo que deja ver la ventana.
Aún me pregunto cómo es posible amar a una persona y a la vez dejarla. Decir que lo mejor que le puede pasar a un enamorado es retirarse por la puerta de atrás.
Escuché el otro día una canción dice que  “el amor cuando no muere mata 
porque amores que matan nunca mueren”.

No sé si todavía puedo pensar en nuestro amor, es decir en lo que una vez dijimos el uno al otro al pasar las horas protegiéndonos del frío.
No sé si puedo seguir hablando de nosotros una vez que me dijiste que no podrías amar a la distancia ¿no te parece que cuando nos vemos es como si fuera primera vez pero con la ganancia de que puedo besarte sin pedirte permiso, de apretarte entre mis brazos, de reposar mis labios sobre tu cuello? Aun así acepto tu decisión de marcharte, pero lo que sí no te perdono es el hecho de que nunca me permitiste preguntar: ¿qué podemos hacer?
Por ello y muchas cosas más te condeno a la maldición de Naila.

domingo, 10 de diciembre de 2017

La primera vez que



La primera vez que pensé  en ella fue una semana después de que nos separamos, aunque realmente no pensé en ella sino en sus delicadas manos. Si, esos delgados dedos que más de una vez confundí con una mordedera. Eran las cinco con cinco cuando el recuerdo invadió mi espacio. Me encontraba en la biblioteca buscando Transa poética de Huerta y mis manos como por imán descansaron sobre el lomo de Recuento de poemas  de Sabines. Le saque del librero que marcaba L45m y acaricie la portada deslizando mis yemas sobre el título como si se tratara de un ciego que quiere reconocer la superficie que determinan el braille. Deslice mis manos y sonreí, recordando nuestra complicidad. 

Me propuse cerrar los ojos y abrir el texto donde mi dedo señalara. Increíblemente al ir separando las hojas lentamente para que no estropeara el libro me llegó la sensación de sus dedos mezclándose con los míos. Fue ahí cuando su ausencia cobro una nítida presencia. Abrí los ojos y me sentí solo a pesar de tener tantos libros junto a mí y a Sabines en las manos.
Trague mis errores y con una voz temerosa empecé a leer en voz alta: No es nada de tu cuerpo, ni tu piel ni… en eso el shhh se dejó escuchar en una sala donde sólo me encontraba la bibliotecaria y yo. Quise creer que era mi voz aguardientosa la que incito el shusheo (éste verbo se lo debo a  una chica llamada Itzel). No obstante, continúe en voz baja como quién cuenta un secreto al oído: ni tus ojos ni tu vientre. 

Mis dedos empezaron a temblar al tiempo que mi pie izquierdo empezaba una danza. En mi mente rebotaba el poema ni ese lugar secreto que los dos conocemos… y se me vino a la mente la luz que entraba por la recámara a las 6 de la tarde y hacía pensar en un nuevo amanecer. Recuerdo la primera vez que observé esa luz, me  encontraba recostado sobre la alfombra boca bajo, hojeando una revista, Bob Marley se escuchaba en la lap. Había pasado una semana de trabajo y lo único que observaba a mí alrededor eran fotocopias y fechas por cumplir para la entrega de unos archivos electrónicos. Eran tardes calurosas con la incipiente amenaza de llovizna, me puse de pie y me dirigí por un vaso de agua. De regreso a mi habitación note como de un filo que dejaba la sabana que ocupe de cortina empezaba a iluminarse la habitación. El reflejo de luz por el color del cuarto hacía ver la pared de un marrón que no había visto sino en el amanecer junto a la playa. 

Recuerdo que un día le invite a ver  mi pseudo-amanecer. Estando en la habitación le tome de la mano para que en mi recuerdo que ahora traigo a mi mente se visualizara como una experiencia compartida y no una de tantas pachequeras mías de mi sueño frustrado de artista o trovador.
 No me había percatado de que la bibliotecaria se había acercado  donde me encontraba para acomodar unos textos. El silencio no duró mucho cuando me preguntó qué era lo que leía y le dije con un tono apenado que Sabines…a lo que ella contesto: bonita elección.
Sólo sonreí y quise seguir con la lectura pero la señora cada vez más se acercaba a mi como para averiguar qué era lo que leía de Sabines. Di un medio giro para ocultar mi lectura cuando de repente sonó mi celular. Antes de que contestara escuche: ¿sabes que no se permite el uso de celular, verdad? Apreté fuertemente el botón rojo de mi celular y camine a la salida. Dejé el libro en el mueble indicado y levante la mano en señal de adiós a la señora. Sólo alcance a ver que sonreía tras bajarse los lentes con la mano derecha.

Camine hacia las gavetas donde había dejado mi mochila, saque la llave de mi bolsa trasera para sacarla cuando de repente volvió a sonar mi celular. Era mi alarma y marcaban  las 6 de la tarde. Había tenido el presentimiento de que fuese ella, después de todo lo que aconteció. Cuando tome el celular para desactivar la alarma sentí la necesidad de llamarle pero recordé que no tenía saldo. Me conforme con escribirle estas líneas esperando que marque algún día en el que el sol vacile con ver un nuevo amanecer.




martes, 21 de noviembre de 2017

Sólo el amor nos salva



En un libro de crónicas que los padres jesuitas dejaron como evidencia de que los hombres que habitaban las indias eran gente pensante y humana, existe una historia que a más de uno dejó anonadado. Observaron, cuando avanzaban en la conquista de los pueblos mesoamericanos, una estela gigante donde encontraron a más de una decena de personas que rodeaban a una pareja que lloraba y que juntos se abrazaban a una piedra labrada.

Tiempo después, cuando pudieron masticar la lengua de los nativos, uno de los padres le preguntó a un indio si recordaba el momento en el que fueron encontrados por los españoles. El rostro del indio entristeció y su corazón se estremeció y de sus ojos brotaron lágrimas. Calmo su llanto cuando el cura le pasó un códice donde se retrataba una estela.
Secó sus lágrimas con un pedazo de tela que llevaba bajo el cinturón de su vestimenta y dirigiendo su mirada al español pronunció las siguientes palabras:

 Te diré como ocurrieron las cosas que me pides en tu lengua, y ojalá tu dios te permita entender que nosotros somos hijos de otros dioses hermanos.

 Un día anterior al que nos encontraron llegó un niño que venía sangrando de los pies, con moretones en su rostro. Las personas que le vieron lo llevaron con nuestro guía, con nuestro curador. El niño venía muy desangrado, fue un indio, como dicen ustedes, valiente. Antes de que sus ojos se apagaran dijo: huyan gentes que hombres que jamás había visto entre nosotros fueron desatados para llevarnos al mictlan, al inframundo, nadie tiene entierro, nadie muere como se debe, las cabezas las desprenden de nuestros  cuerpos para estar aquí y allá perdidos. No son los dioses, son los perros los que andan sueltos.

El sacerdote después de cerrar los ojos del niño dijo con lágrimas en los suyos, escuchen a este mensajero, huyan, suban árboles, piérdanse en la maleza, no dejen rastro.

Esa noche busque mujer entre mi gente, yo a ella la veía desde tiempo atrás cuando lavaba en el río, sus ojos eran del color de las plumas de quetzal, su cabello largo y negro como la noche, su boca era hermosa, no había visto a nadie con esa sonrisa, sus labios eran gruesos, cuando la observaba escondiéndome detrás de la platanera, me imaginaba cuantas veces besaría su boca, cuántos niños tendrían esa boca.  

 Un día me sorprendió y me dijo gritando que si siempre estaría detrás de esos árboles, llegaría el día en que alguien con más valor se la llevaría.

 Ese día que ocurrió lo del niño fui con el sacerdote y me dijo que no me podía ayudar ni tampoco acompañar y, entonces, señaló la pirámide que vigila el pueblo desde lo alto. Me dijo con compasión, allá está lo que nos dejaron las primeras gentes, lo que escucharon de nuestros dioses-padres.

Fui a la casa de mi mujer y me acompañaron mis padres y mis hermanos. Su padre salió y detrás de él venía ella, con una manta blanca que le cubría todo su cuerpo, su rostro estaba descubierto, sus labios carnosos brillaban y sus ojos asomaban una luz que sólo he visto en la luna que gobierna la noche.
Nos dirigimos veinte gentes a la pirámide, allí seríamos ante los ojos de los demás uno solo, compañero y compañera.
Estábamos bajo la sombra de una estela, la más importante de todas, la que las primeras gentes labraron a mano utilizando obsidiana y jade para dar el mensaje que los dioses dijeron a los primeros padres. En la estela se puede leer:

Lo único que nos salva es el amor.
Ama y nadie te olvidará
Ama y vivirás.

Cuando los tuyos nos encontraron, habíamos terminado de decir nuestras promesas. Mi mujer partía en llanto y gritaba desesperadamente, ¿Por qué no me lo pediste antes? ¿ por qué estuviste tanto tiempo tras los matorrales? No tenía como calmar a mi mujer, yo también lloraba porque tenía razón, fui un tonto. Si hubiese tenido un poquito más de valor para decirle como me encantaba como se deslizaba su cabello sobre sus hombros cuando se inclinaba para tomar agua del pozo, como saboreaba de antes colgarme de sus labios y como añoraba limpiarle el sudor con mi pedazo de manta cuando recogía leña, de las ganas que tenía de rozar sus manos mientras sembraba.
 Lo único que me salió decirle desde mi alma fue: no seas tonta mujer, que nos hemos salvado desde que los dioses nos miran, desde que sus corazones nos acompañan porque amar es estar con el otro, es abrazarlo con el alma para combatir el espasmo del sueño profundo en el que caen los que se van.

Cuando los tuyos nos separaban a punta de golpes lo último que pude decirle fue: yo te amaba a mi modo, a escondidas, al admirarte, al desearte, al pensarte. Te amo desde antes de esto porque amo mi vida, amo vivir y te amaba a ti porque apareciste en mi camino que tránsito por aquí.

Después de esa tarde de fuego en el cielo y de un sol rojo que se veía al atardecer nunca la volvía  a ver, que si recuerdo cuando nos encontraron, claro que si cura, todos los días, porque desde ese día trato de encontrarle sentido a eso que llaman amor al prójimo y cuando recuerdo lo que me hicieron, el desierto en mis ojos crece.